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RECUPERACIÓN RESPETUOSA Y SOSTENIBLE DE UN PARADIGMA DEL ARTE SACRO DE LA DIÓCESIS DE ASTORGA. EL RETABLO MAYOR DE VALLE DE LA VALDUERNA.

(*) Este artículo ha sido elaborado por el gran escultor e imaginero leonés José Luis Casanova García, encargado de la restauración de este bien patrimonial y colaborador habitual de este blog.

El patrimonio tilenense ha recuperado uno de sus elementos más descollantes por su calidad artística, el retablo mayor de la Iglesia Parroquial de Valle de la Valduerna dedicado a San Félix, Patrón de la localidad.

Esta obra de arte sacro fue entallada y construida por el prestigioso escultor nacido en Astorga, Gregorio Español, entre 1584 y 1611, siguiendo las trazas de su maestro, Gaspar Becerra, sin dejar a un lado sus propias señas de identidad. La policromía final data de 1663 y es obra del también astorgano, Antonio Pacios, lo que contribuye a catalogar este retablo como un excelente paradigma que incorpora las tendencias manieristas-romanistas; pero, tendiendo un sutil puente de transición hacia el nuevo estilo barroco que se desarrollaría a lo largo del siglo XVII.

El armazón consta de dos cuerpos apoyados en una predela o banco, con cinco calles, definidos por columnas y frontones clasicistas, sin ático. El conjunto mide 5,60 m. de ancho por 6 m. de alto y se plantea dentro del sistema arquitectónico común a los retablos de la segunda mitad del siglo XVI, en los que el empleo de los fustes de las columnas decorados con temas florales fue una impactante innovación.

Destaca sobre manera la predela, dedicada a los Apóstoles y Evangelistas, así como las esculturas de San Antonio Abad, San Mamés y San Félix, todas ellas resueltas con gran viveza y adornadas de ricos y amplios paños.

La conservación–restauración del retablo se materializó tras cinco meses de minucioso trabajo y fue promovida por la parroquia de Valle de la Valduerna y la Junta Vecinal que, además, aportaron parte de la financiación junto con el Instituto Leones de Cultura de la Diputación de León.

Las tareas corrieron a cargo de un equipo multidisciplinar coordinado por la empresa “Casanova. Restauración y Conservación de Bienes Culturales”.

El trabajo se ha desarrollado conforme al protocolo sobre bienes muebles que se tiene determinado para este tipo de actuaciones, conforme a criterios y métodos crítico-operativos legalmente establecidos a nivel internacional, en donde priman el respeto hacia los valores estéticos y documentales del bien, la intervención se circunscribe sólo a las patologías presentes y que tanto los tratamientos como los materiales empleados para ello cumplen la condición de reversibilidad.

El desarrollo de la actividad restauradora ha contemplado la aplicación de las metodologías más adecuadas tanto en la fase previa de conocimiento del monumento en sus distintos valores (no sólo para el culto, sino también como elemento “semántico”, en tanto que constituye para la población local, un legado de sus antepasados, vinculado emocionalmente a los principales ritos de paso en su vida), como en lo relativo a sus patologías. En este sentido, fue esencial el control de las técnicas tradicionales empleadas en su factura originaria en combinación con el manejo oportuno de las nuevas tecnologías de restauración y la naturaleza del proyecto de recuperación.

Los trabajos de análisis previos, han determinado que la materia prima empleada fue la madera procedente de varias especies distintas: las angiospermas (frondosas) como el nogal –Juglans regia– y las gimnospermas (coníferas), básicamente, el pino –Pinus L.-.

En cuanto a sus patologías y daños, se ha determinado que los fenómenos de “biodeterioro” de la madera fueron causados por diversos organismos heterótrofos con características metabólicas diferentes como los hongos, las bacterias y los insectos por lo que los tratamientos debían ser particulares.

Por otro lado, se encontraron numerosas grietas y fisuras, en su mayor parte provocadas por la introducción de elementos metálicos, como pequeñas puntas y clavos, dispersos por toda la arquitectura del retablo. Este tipo de daño antrópico, por otro lado, muy habitual en todo este tipo de bienes, no se limita a la pérdida del dorado que traspasa, sino también a dañar el anverso de la policromía y fisurar, con mayor o menor intensidad, la madera traspasada. Estos elementos metálicos abundaban sobre todo en las cornisas y molduras, así como en las zonas de encuentro entre piezas al haber sido empleadas como medio para adosar unas a otras desde el anverso.

A nivel de soporte, las actuaciones llevadas a cabo han sido las necesarias para asegurar la estabilidad estructural. Como criterio general, primó la conservación del conjunto sobre la reposición puntual de elementos perdidos, dado el bajo porcentaje de mutilaciones detectado y determinar que las mismas no impiden tener una visión global del retablo por lo que se concluye que las piezas desaparecidas por los avatares del tiempo, no suponen menoscabo.

Una vez hechas las catas pertinentes, se constató que, con motivo de una intervención pretérita (que la población no recordaba con exactitud cuando se produjo; si bien, los análisis, precisaron que dicha intervención data de hace ochenta años), se había aplicado una capa de purpurina disuelta en alcohol en toda su superficie, que abarcaba hasta el primer piso; ya que, al parecer, y por fortuna, los actores no contaban con medios suficientes para alcanzar a las partes superiores. Esta desafortunada actuación ocultaba dorado originario, hecho con oro fino y la policromía al temple graso en los estofados y al óleo en las carnaciones. Tras eliminar la purpurina, la lámina de oro apareció en un estado de conservación aceptable, con algunos desgastes y abrasiones que dejaban ver la capa de bol rojo; pero, en general, recuperó el brillo áureo característico. La limpieza de las policromías así como de los dorados y las veladuras de color precisaron la determinación de una metodología de trabajo no sólo efectiva, sino también sostenible, que no generase efectos medioambientalmente adversos.

La delicadeza y refinamiento con el que el maestro Antonio Pacios policromó este retablo resaltando, así, los valores escultóricos y arquitectónicos de la creación de Gregorio Español, se hace aún más evidente en el discurso iconográfico de la zona del banco (tallas directas resueltas con gran viveza escultórica y adornadas de ricos y amplios paños, representando personajes bíblicos, virtudes, ángeles, Apóstoles, Evangelistas, junto con formas vegetales), en las columnas o en las tallas de San Antonio Abad, San Mamés y San Félix.

La intervención ha aportado numerosos datos empíricos y científicos que amplían y enriquecen el conocimiento histórico y artístico del retablo que hasta la fecha se tenía. Asimismo, han permitido comprender que las alteraciones son inherentes a los seculares usos devocionales y, desafortunadamente, la plena restauración a sus orígenes no es ni viable, ni ética. Si bien, a partir de ahora, es posible afirmar que el aspecto del retablo mayor de la parroquia de Valle de la Valduerna es casi tan esplendoroso como lo concluyeron los maestros Gregorio Español y Antonio Pacios.

José Luis Casanova García.

Julio de 2016

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Etnocultura

NUESTRAS TRADICIONES. LOS SANTOS DE INVIERNO

Muchas son las advocaciones tradicionalmente consideradas con carácter protector contra algún mal en toda la comarca maragata; pero, sin duda, el santoral de enero y febrero celebra algunas de las más veneradas como abogados tanto de la salud humana como del ganado.

El diecisiete de enero es la fiesta de San Antonio Abad, el patrono de los animales. Se trata de la primera conmemoración importante tras la Navidad y la Epifanía. Tras San Antón, varias festividades exclusivamente religiosas salpican el calendario de los dos primeros meses del año: en Enero, San Antón (día 17), San Sebastián (20), Santo. Tirso (28) y Sta. Eugenia (31); en febrero Sta. Brígida (día 1), “Las Candelas” (2), San Blas (3), Sta. Águeda (5), Sta. Apolonia (9) y Santo Matías (24). Todas son conocidas como “las fiestas de invierno” y antaño más que en la actualidad, eran celebradas en todos nuestros pueblos por su carácter propiciatorio. Hoy, lamentablemente, la falta de vecinos y la decadencia de la base económica de subsistencia (agricultura de secano y cría de ganado menor totalmente dependiente de la naturaleza), han hecho que algunas hayan caído en el olvido y que donde permanece, predomine el sentido lúdico de las mismas.

De estos “santos barbudos” o de invierno, muchos de ellos abogados de las enfermedades más comunes que padecía la población de estas tierras de rigores invernales, aún conservan parte de ritual San Antón, Santo Tirso, San Blas, las Candelas y Santa Águeda.

San Antón, también conocido como San Antonio Abad vivió retirado en el desierto haciendo penitencia. Este santo fue tenido desde el primer momento como milagroso, pero hasta mucho más tarde no se le encomendó la tarea de proteger a los animales. En el siglo XI comenzó a adquirir fama de sanador de una enfermedad entonces en boga y difícil de curar con los medios de la época llamada “fuego de San Antonio” ya que muchos de sus síntomas eran similares a los padecimientos del martirio sufrido por el santo. Los aquejados de esta dolencia iban en peregrinación a la iglesia de Saint Antoine de Viennois, donde se encontraban las reliquias de San Antón y como era creciente el número de enfermos que había que atender, se fundó una congregación religiosa que socorrían a los pacientes en un hospital contiguo a la iglesia. Parece ser que los religiosos (Hospitalarios Antoninianos. Orden disuelta por el Papa Pio VI en 1787), para sustentar a tantos enfermos como llegaban, criaban cerdos y para distinguir estos ganados se les colgaba al cuello una campanilla con la cruz en forma de “tau” (símbolo de San Antón). Estas reses se consideraban especialmente protegidas por el santo, y pronto este favor se extendió a otras especies, con lo cual el eremita pasó a ser abogado de todos los animales. A partir del siglo XII, los antoninianos se extendieron desde Francia a España a través del Camino de Santiago, estableciéndose en varios puntos del trazado donde se especializaron en la atención y cuidado de los enfermos con dolencias contagiosas: peste, lepra, sarna, venéreas y sobre todo el ergotismo como ya señalamos, por lo que no es extraño que su devoción esté tan arraigada en La Maragatería.

Otras tradiciones afirman que San Antón comenzó a ser abogado de los animales ya en vida, desde que en una ocasión curase a un cerdo gravemente enfermo, y la fama obtenida como “sanador” milagroso se extendió hasta convertirle en protector de todas las bestias domésticas.

En Montañas del Teleno, atravesada por la Ruta Jacobea, San Antón ha sido muy venerado al ejercer su patronazgo sobre todos los animales; pero, de una manera especial sobre los de corral, base, como ya aludimos de la economía familiar.

No es extraño, pues, que cuando los pastores salían a apacentar los rebaños, alguien “con cierto poder o mano” rezase el correspondiente responsorio para que todas las reses volviesen sanas y no fueran atacadas por el lobo, o que los arrieros encomendasen sus preciadas recuas a su amparo y que no fuese extraño que en la mayoría de los pueblos hubiese instituida una cofradía para honrar al santo de forma específica.

Además de venerarse con la celebración de la liturgia, era tradicional que se realizasen ofrendas que, por motivos “mágicos” solían ser partes de cerdo (para que las partes aumentasen lo idéntico) y otros productos del campo (lino en La Cabrera, lana, centeno, panecillos y bollos,…) o ligados al culto (cera).

Las principales donaciones que se hacían del cerdo eran las pezuñas (también llamadas pies, manos, “patos” o “pizpiernos”), trozos de lacón y la “careta”. Generalmente, se recogían los obsequios en varios cestos: en uno se ponían las velas, en otro el lino y la lana, y en otro las partes del cerdo; al acabar la misa se repartía lo recogido de la siguiente manera: las velas para el santo, los lacones, pies y caretas para el cura, y el lino y la lana se subastaban, yendo a parar el dinero obtenido a la cofradía de San Antón.

Hoy, de aquellas celebraciones apenas quedan manifestaciones como las misas y procesiones con el santo (Jiménez de Jamuz, Quintanilla de Somoza, Villarnera), la bendición de los animales de compañía, las subastas de cerdos (La Bañeza), partes del cerdo (Astorga) y el reparto de panecillos u hogazas (Castrocalbón). Otras han desaparecido como las ofrendas del Ramo, el recitado de versos y ripios dedicados a San Antón, el encendido de hogueras la víspera o el ofrecimiento de velas el día de su festividad.

Otro de los santos cuya festividad se califica de “misa y olla” en Montañas del Teleno es Santo Tirso (Piedralba, Santa Marina de Somoza).

En Piedralba, los actos, organizados por la cofradía del santo abogado de las enfermedades de los huesos, están siempre acompañados por la música de la flauta y el tamborín como es menester en cualquier festejo maragato. Comienzan con un “concierto” de repique de campanas mientras se conduce el cetro a la iglesia, para seguidamente comenzar la procesión de la imagen del santo portada por sus cofrades ataviados a la antigua usanza y la santa misa Tras los actos religiosos no falta el convite para todos los asistentes y un animado baile del folclore tradicional. Una curiosidad de esta celebración es la copla popular que los mozos y mozas cantaban en los festejos.

Vengo de Santo Tirso,

vengo mojada;

con la manta del burro

vengo tapada.

Tienes unos ojitos

que no son ojos,

que son quitapesares

de mis enojos.

Ojos negros y grandes

te ha dado el cielo

para que guarde luto

si yo me muero.

Estribillo

Serrana,

la virgen del Puerto te aguarda.

Dile que no voy, que estoy mala,

dile que no voy, que se vaya.

Cofrades sacando a Santo Tirso.

 

También “las Candelas” es una celebración de gran raigambre en nuestras comarcas. La solemnidad de la Purificación de la Virgen, era considerada como una de las fiestas importantes de Nuestra Señora y lo más llamativo era la procesión de las candelas. De ahí el nombre popular con el que se la conoce. A pesar de que ya casi se ha perdido su carácter solemne, esta fecha fue “fiesta de guardar” en Filiel, Combarros, Valderrey, Castrillo de la Valduerna, Quintana y Congosto y Palacios de la Valduerna. Sólo en Astorga y La Bañeza, perdura la tradición de presentación de los niños nacidos en el año, la “bendición de la cera” y la ofrenda de dulces que son repartidos entre los asistentes a la celebración litúrgica

Al día siguiente de las candelas se celebraba San Blas. Según la tradición, fue un médico, obispo de Sebaste en Armenia (actual Turquía), y mártir cristiano en el siglo IV que era muy conocido por su don de curación milagrosa, que aplicaba tanto a personas como a animales. La tradición cuenta que entre sus milagros salvó la vida de un niño que se ahogaba al trabársele una espina de pescado lo cual dio origen a la costumbre de bendecir las gargantas el día de su fiesta el 3 de febrero con la siguiente jaculatoria: “Por intercesión de San Blas te preserve Dios del mal de garganta y de cualquier otro mal”.

Esta fiesta tuvo gran resonancia en Maragatería y, sobre todo en Santa Catalina de Somoza donde se reverencia como reliquia un trozo de hueso introducido en una urna de cristal que según la tradición pertenecía al antebrazo de San Blas (en Astorga también se expone la reliquia de San Blas que tiene gran devoción y en Boisán existe una hermosa imagen del santo del siglo XII).

La conmemoración comienza con una misa durante la que los asistentes acuden a besar la reliquia del Santo, y seguidamente se procesiona su imagen (curiosamente, los lugareños dicen que tiene un calcetín de cada color), acompañados de los sones maragatos de la flauta y el tamborín. Tras los ritos litúrgicos, se celebra un baile tradicional y se conserva la tradición de  ofrecer a los asistentes un convite de chorizos entrecallaos, pastas y vino para acompañar las viandas.

También en La Bañeza, se honra solemnemente a San Blas. Su cofradía de la cual se tienen ya noticias en el siglo XVII (año 1648) es la encargada de rendirle homenaje. El centenario ceremonial comprende una serie de actos litúrgicos que comienzan con una novena en la Iglesia de Santa María que comienza el 31 de enero y culmina con una misa con procesión de la imagen por diversas calles de la ciudad (A esta procesión asisten también las “samblasinas”, variante de cofradía femenina, compuesta por hermanas y esposas de los cofrades), el traspaso del cetro del santo entre el juez saliente y el entrante y el reparto las “cerillas” (trocitos de cera que se entregan a los cofrades y devotos asistentes, previo donativo que todos entregarán para el santo y que administrará su cofradía, con esta fórmula: “Por la intercesión y los méritos de San Blas, obispo y mártir, Dios os libre de los dolores de garganta y de cualquier otro mal”, ya que es creencia arraigada que dicho trozo de cera, colocado alrededor de la garganta preserva de las enfermedades del aparato respiratorio, contra las afecciones de la voz y otras dolencias relacionadas).

 

Pero también hay lugar para la fiesta que, como es tradicional, se concreta en una jornada de hermandad entre los cofrades en la que no faltan los pasacalles, el aperitivo (un suculento ágape por parte del juez entrante en ese año en el que no faltan las tradicionales “pastas de San Blas”, (dulce típico de esta festividad) y un buen banquete.

También se honraba a San Blas en Santibáñez de la Isla con un singular ceremonial sacro y pagano del que ahora ya sólo queda la liturgia religiosa y la celebración familiar. Cada año, el 3 de febrero, un mozo y una moza simulaban ser una pareja de novios, Afrodisio y Sinforosa, y se encaminaban hacia la iglesia al son del tamborilero, invitando a todo el pueblo a unirse a ellos para acudir a misa, la adoración de la reliquia y a procesionar al santo. También los vecinos de la contorna acudían a encender una vela a los pies de “San Blas el Viejo” de Santibáñez para que les protegiese de los males de la garganta ya que era tenido por muy prodigioso. En la celebración religiosa no faltaban los cánticos y coplas alusivas al santo que entonaba un coro de mozas:

Hoy día tres de febrero

Día de San Blas Bello,

Venimos estas humildes doncellas…

San Antonio es Abad

San Tirso es de aliso

Y San Blas de madera

Como todos los demás.

Al finalizar el culto, se iba hasta el prado donde organizaba un animado baile hasta llegada la hora de comer, cuando los lugareños iban a sus casas para dar cuenta de un buen banquete mientras que los forasteros disfrutaban de un almuerzo campestre. Por la tarde, se reanudaba el baile y los cánticos hasta que la caída del sol marcaba el regreso a casa para los forasteros y el inicio del baile en el salón para los santibañecinos.

Antes de que la Cuaresma asome en el calendario, aún queda una fiesta de gran tradición local, que actualmente se celebra con mayor o menor intensidad, Santa Águeda.

Santa Águeda de Catania fue una virgen y mártir y según la tradición cristiana su festividad se celebra el 5 de febrero. Se recurre a ella con los males de los pechos, partos difíciles y problemas con la lactancia; en general se la considera protectora de las mujeres.

La fiesta de Santa Águeda en La Bañeza es un día especial en el que las mujeres toman el gobierno y lo toman de verdad. Se celebra un acto en el Ayuntamiento en el que se solicita al Alcalde el bastón de mando por un día y, una vez conseguido, comienza la fiesta. Entre las actividades que se programan destaca, el nombramiento de Águeda Mayor. Tras la celebración de una misa, tiene lugar el desfile por las calles de la ciudad ataviadas con la indumentaria típica al son de música tradicional que las águedas acompañan con sus castañuelas. Tampoco faltan los bailes y la comida de hermandad.

En Murias de Rechivaldo, la Hermandad de Santa Águeda también honra a su patrona con una misa con procesión al ritmo de flauta y tamborín. Al finalizar se sirve un vino español para todos los asistentes.

Las Águedas de Palacios de la Valduerna festejan a la santa con la asistencia a una misa, vestidas con traje regional, donde cantan una canción tradicional:

…Es Santa Águeda bendita / de los pechos abogada / y muchas con sus ofertas / venimos a visitarla. / No pierdan la devoción / que han de salir consoladas / las que son siempre devotas/ de esta soberana santa…

Despues de la liturgia, celebran una comida de hermandad y como colofón el baile amenizado con sones de tamboril.

Este conjunto de Santos, como ya apuntamos se identifican como los “santos de invierno”, “santos barbudos” o “santos con botas” y su tradición fue tan arraigada que las han mantenido en algunos lugares con todo su ceremonial. Estas fiestas culminan la obligada parada laboral invernal y suponen para los agricultores el inicio del ciclo de trabajo que no dejará tiempo para muchos festejos hasta el fin de las cosechas.

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Sector servicios

COMPRAR EN EL PEQUEÑO COMERCIO LOCAL NOS BENEFICIA A TODOS

A pesar de lo que pueda parecer a simple vista, comprar en el pequeño comercio tiene muchas ventajas con respecto a las grandes superficies. Son ventajas que no sólo afectan al propio consumidor sino también al tejido económico de nuestras pequeñas ciudades donde realizamos la compra.

Ya hace dos décadas, cuando en nuestra provincia despuntaron las grandes superficies, ya se auguró que el pequeño comercio prácticamente desaparecería y sólo sobreviviría el que apostase por la especialización. Con el paso del tiempo hemos comprobado que, desgraciadamente, se ha convertido en una realidad.

Sin embargo, el pequeño comercio o comercio de proximidad sigue siendo importantísimo porque forma parte de la vida diaria de nuestras ciudades y sus beneficios se reinvierten en la propia ciudad. Por otro lado, el establecimiento tradicional crea un empleo mucho más estable y en mejores condiciones que las grandes superficies, que suelen apostar por ofrecer un primer empleo de corta duración. Por no hablar de las relaciones humanas que propicia un grupo reducido y un trato continuado; la relación empresario-empleado se convierte en familiar.

En el comercio tradicional la relación con el cliente es mucho más directa, cercana y cordial, fruto, entre otras cosas, de la especialización de los establecimientos. El profesional del pequeño comercio conoce a la mayoría de sus clientes, conoce muy bien todos los artículos que vende y puede asesorar sobre la conveniencia de un producto u otro.

Además, la creencia de que las grandes empresas de distribución tienen siempre precios más bajos por mover un mayor volumen de producto no es cierta del todo; ya que sólo sucede en las ofertas puntuales. En el resto de géneros, el precio final sube a consecuencia de la gran estructura de marketing, los gastos generales que la pequeña empresa no tiene y, por el añadido del gasto en desplazamiento hasta ellas y tiempo de compra.

Es muy triste ver cómo echan el cierre comercios en algunos casos centenarios, establecimientos donde las gentes de nuestros pueblos no sólo compraban sino que también intercambiaban noticias, reían, charlaban de lo divino y de lo humano… en definitiva, donde fluía la vida de los tilenenses… Por eso, desde aquí, queremos romper una lanza en favor de la superveniencia del comercio local.

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Iconografía. Arte

LOS SANTIAGOS “CABALLERO” DE LA IMAGINERÍA POPULAR DE MONTAÑAS DEL TELENO

(*) Este artículo ha sido elaborado por el gran escultor e imaginero leonés José Luis Casanova García, gran conocedor del patrimonio artístico de Montañas del Teleno y miembro activo de la Junta Directiva del Grupo de Acción Local como experto en Patrimonio.

Santiago Matamoros

El patrón Santiago tiene mucha importancia en la cultura religiosa española y como no en Montañas del Teleno, territorio atravesado por dos de los grandes ramales de la peregrinación jacobea. Esta circunstancia se ha traducido profusamente en la imaginería, escultura, pintura,… Pero, para entender las representaciones de Santiago, necesariamente nos hemos de referir a los acontecimientos tanto históricos como legendarios que incidieron en su creación, ya que, si comprendemos dichos hechos, las imágenes alcanzarán todo el significado del que fueron dotadas por los artistas que los hicieron, así como para nuestros antepasados que patrocinaron su trabajo.

Santiago el Mayor fue uno de los doce apóstoles que, según el Evangelio, acompañaron a Jesús en su vida pública. Era hijo del Zebedeo y hermano de San Juan y, después de la Resurrección de Jesús, participó en la obra de predicar el Cristianismo por todo el mundo conocido, hasta su muerte en Jerusalén hacia el año 44. Según la tradición cristiana, en la primera mitad del siglo IX, los restos de Santiago Apóstol fueron localizados en Galicia, en un mausoleo de época tardorromana e identificados como tales por el Obispo de la diócesis de Íria Flavia, Teodomiro.

A finales del siglo IX, el rey Alfonso II el Casto (791-842), construyó sobre las reliquias una iglesia; a partir de este momento, la difusión de la noticia de que los restos mortales de Santiago se hallaban en el Occidente hispano motivó la internacionalización de su culto en toda la cristiandad y comenzó la tradición jacobea de visitar la tumba y obtener gracias espirituales y favores materiales.

La literatura legendaria[1] se encargó desde el siglo XII de transmitir el hallazgo milagroso de los restos de Santiago, convirtiendo a Compostela en una de las pocas y afortunadas ciudades cristianas que tenía el privilegio de poseer reliquias de uno de los apóstoles de Cristo. A partir de esta declaración oficial, los milagros y apariciones se repetirían, dando lugar a numerosas epopeyas destinadas a acrecentar la fe de los peregrinos que poco a poco iban consolidando el trazado del Camino a Compostela.

Por otro lado, la Iglesia, ante la perspectiva de que muchos cristianos encontraran más cómodo vivir en la parte musulmana (incluso era respetuosa con sus creencias), se dio cuenta de la necesidad de involucrar al pueblo llano en aquella especie de “cruzada nacional” que practicaban los estamentos nobiliarios y la realeza contra los infieles invasores. Se inició, así, una búsqueda desesperada de la intervención de algo sagrado que pudiera arrastrar a empuñar las armas hasta a los más remisos mediante la publicidad de algunos “milagros guerreros”, capaces de evidenciar que los cielos estaban de parte de los cristianos que se enfrentaban al Islam para defender la fe verdadera.

Desde el punto de vista artístico, tres son los tipos iconográficos en los que se muestra al Apóstol:

1.- Santiago el Mayor, “Apóstol”: cuyos atributos son la cruz primacial de doble travesaño y/o la espada de su martirio. Este arquetipo aparece en los apostolados, pintura y escultura, muchas veces acompañando a su hermano Juan.

2.- Santiago Peregrino: Tipo que prolifera a partir del siglo XIII por la gran influencia de la peregrinación a Compostela. Aparece con el bordón de romero, zurrón, báculo y en ocasiones con la concha de vieira que se convirtió en su símbolo.

3.- Santiago Caballero: Es el paradigma más tardío. Aparece a caballo derrotando a los infieles en la Batalla de Clavijo.

A pesar de las variadas representaciones que se han hecho a lo largo de la historia, queremos fijar la atención sobre las que nos parecen más curiosas, singulares y por ende, las menos abundantes; nos referimos a las de Santiago Caballero o vulgarmente “Santiago matamoros” -designación antigua que hoy puede resultar indignante e incluso ser tomada por ofensiva si se desconoce el contexto en el que surgió- de las cuales existen buenos ejemplos en Montañas del Teleno y, para ello, empecemos por concretar más su origen.

La tradición épica dice que Santiago, era considerado patrón y protector de los reinos cristianos de la Península Ibérica ya que apoyó a las huestes cristianas de Ramiro I en la legendaria batalla de Clavijo (844) para conseguir la victoria. En un documento de mediados del siglo XII conocido como “Privilegio de los Votos o Diploma de Ramiro” se dice que Mauregato, un rey aciago, contrajo el vergonzoso tributo de enviar anualmente al emir de Córdoba cien doncellas cristianas (50 nobles y 50 del pueblo) para su harén, en pago por haberle ayudado a mantenerse en el trono. Cuando comenzó a reinar Ramiro I, el entonces emir de Córdoba, Abderramán, le reclamó también el tributo de las cien doncellas lo que indigno sobremanera al monarca que convocó a sus nobles y le declaró la guerra. Acudieron caballeros de todas partes, y fueron al encuentro de las huestes moras en tierras de la Rioja. En Albelda se produjo el primer choque de los dos ejércitos; el de la morisma era numerosísimo, y los cristianos fueron duramente derrotados, debiendo retirarse para reagruparse y descansar a un cerro próximo a la pequeña aldea de Clavijo. La oralidad ha transmitido que, aquella noche, el apóstol Santiago se apareció en sueños a Ramiro I y le animó a volver a plantar batalla al día siguiente, asegurándole que vencería. A la voz de “Santiago y cierra España”, capitaneados por el mismísimo apóstol cabalgando sobre un caballo blanco, las mesnadas rumíes vencieron la contienda, acabando con la vida de más de 60.000 soldados sarracenos, haciendo correr ríos de sangre por los campos. Como acción de gracias, Ramiro I hizo el “Voto de Santiago”, comprometiéndose en nombre de todos los cristianos a peregrinar hasta la tumba del Apóstol, pagar anualmente a la iglesia de Santiago cierta medida de los mejores y más tempranos frutos de la tierra, y aplicar al Santo una parte de todo el botín que se arrebatase a los infieles.

“… ordenamos por toda España e hicimos voto, que se ha de guardar en todas las partes de España que Dios nos conceda librar de los sarracenos por la intercesión del Apóstol Santiago, de pagar perpetuamente cada año a manera de primicias de cada yugada de tierra una medida de la mejor mies, y lo mismo del vino, para el mantenimiento de los canónicos que residen en la iglesia del bienaventurado Santiago y para los ministros de la misma iglesia”.

Este hecho legendario fue popularmente asumido como real, dando lugar a la representación escultórica de Santiago Caballero (matamoros). De este modo, se forjó la figura del “otro Santiago”, que se difundió rápidamente gracias a una amplia y masiva campaña propagandística. Así lo cantaría el poema de Alfonso Onceno, plasmando las quejas del rey Don Juçaf de Granada después de la batalla del Salado (1340):

Santiago el de España,
los mis moros me mató,
desbarató mi compaña,
la mi seña quebrantó…

Santiago glorioso
los moros fizo morir;
Mahomat el Perezoso,
tardo, non quiso venir

Resulta sorprendente, la trasformación que se produjo en la figura del Apóstol Santiago, pasando de ser un enviado para predicar la paz y concordia evangélica a montar sobre blanco corcel y blandir su demoledora espada contra el infiel musulmán, motivado por la necesidad de “animar” a la población a luchar contra los sarracenos.

En estas esculturas, el santo se caracteriza montado sobre un caballo blanco, blandiendo una espada y vestido, según la moda de la época y con indumentaria militar; si bien, a veces también lleva añadidas algunas de las enseñas de su condición de peregrino (como el sombrero decorado con una concha). Existen también ejemplos en los que el conjunto se haya completado con algunos vencidos, que yacen bajo los pies del caballo.

Esta estampa como “matamoros” fue potenciada por la Orden militar de los Caballeros de Santiago (fundada en 1170), cuyos miembros alentaron su popularización, contribuyendo claramente a su difusión y uso, ya que nombraron al Santo como patrón de la corporación, resaltando su carácter guerrero.

El aumento de su popularidad incluso fuera de la Península Ibérica, a partir del siglo XVI, se debió a la lucha contra los turcos que amenazaban Europa y a otros problemas religiosos surgidos dentro del marco de la Reforma luterana. En algunas representaciones pictóricas tardías, no sólo se representó a Santiago a caballo, sino toda una escena de lucha en la que se incluyeron los dos ejércitos: el cristiano y el árabe. Delante del primero de ellos estaba Santiago, situado en medio de la batalla y enarbolando su espada y su estandarte, en el que podían figurar algunos de los emblemas propios de la peregrinación a Compostela.

En el territorio Montañas del Teleno la escultura policromada supone uno de los pilares fundamentales de su patrimonio artístico. Tanto en tallas sueltas como en conjuntos retablísticos, se cuenta con una abundancia y calidad que no se corresponde con el menguado interés que hasta ahora ha despertado. Estas obras han sufrido un cierto abandono, a pesar de que están muy enraizadas en la tradición cultural y popular; no obstante, en las dos últimas décadas, parece que se está impulsando la puesta en valor de piezas muy interesantes que, sin embargo, aún se encuentran fuera de los circuitos culturales, como es el caso de las singulares imágenes de Santiago “matamoros”, como tradicionalmente se le conoce en estas tierras leonesas, sin ánimo alguno de denigrar a otros pueblos, culturas y razas.

Se han podido inventariar siete imágenes de Santiago Caballero y tras un estudio científico de las mismas se han catalogado de la siguiente manera:

Localización Tipo Material Datación Valor artístico
IGLESIA PARROQUIAL DE MANZANEDA

(Ático de Altar lateral)

Bulto redondo. Colocación de perfil mirando hacia la derecha. Caballero mirando al frente, vestido a la usanza de la época, blandiendo una espada. Caballo rampante sobre la figura de un “infiel” abatido en el suelo que porta espada. El conjunto se completa con otra figura de soldado ataviado a la morisca en posición de ataque, empuñando con la mano derecha una espada en alto frente al caballo y con la izquierda esgrime otro tipo de arma no definida, pero similar a una maza. Madera policromada S. XVIII Imaginería popular
IGLESIA PARROQUIAL DE MIÑAMBRES DE LA VALDUERNA.

(Ático del Altar Mayor)

Bulto redondo. Colocación de frente con ligera orientación hacia la derecha. Caballero vestido a la usanza de la época, blandiendo una lanza. Caballo rampante. Madera policromada S. XVII Imaginería popular
IGLESIA PARROQUIAL DE PALACIOS DE JAMUZ

(Parte central Retablo Mayor)

Bulto redondo. Colocación de perfil mirando hacia la derecha. Caballero mirando al frente, vestido a la usanza de la época, blandiendo una espada con la empuñadura en forma de cruz de los Caballeros de Santiago. Caballo en actitud de movimiento pateando a un “infiel” tendido en el suelo. El conjunto escultórico se completa con una figura de un soldado ataviado a la morisca empuñando una espada, que persigue al Apóstol. Madera policromada S. XVIII Imaginería popular
IGLESIA PARROQUIAL DE ROBLEDINO DE LA VALDUERNA

(Ático del Altar Mayor)

Bulto redondo. Colocación de perfil mirando hacia la derecha. Caballero vestido a la usanza de la época, empuñando una espada en alto. Caballo rampante. Madera policromada S. XVIII Imaginería popular
IGLESIA PARROQUIAL DE SANTIAGO MILLAS.

(Parte central Retablo Mayor)

Bulto redondo. Colocación de frente. Caballero vestido a la usanza de la época, empuñando una espada en alto. Caballo rampante. Madera policromada Finales S. XVII Imaginería popular. Tamaño casi real. valor artístico reconocido
IGLESIA PARROQUIAL DE TABUYO DEL MONTE

(Coronando el Altar Mayor)

Bulto redondo. Colocación de perfil mirando hacia el frente ambas figuras. Caballero vestido a la usanza de la época, blandiendo una espada en alto. Caballo rampante sobre la figura de un “infiel” abatido, pateado por el caballo. Madera policromada Último tercio S. XVIII. Artífice: Miguel Alonso, maestro de talla y vecino de Astorga. Imaginería popular. valor artístico reconocido
IGLESIA PARROQUIAL DE TABUYO DEL MONTE

(Coronando la entrada)

Alto relieve. Colocación de perfil. Caballero mirando hacia el frente, vestido a la usanza de la época, empuñando una espada con la punta hacia el suelo. Caballo rampante sobre la figura de un “infiel” abatido, pateado por el caballo. Piedra. Granito Principios S. XVIII

La conciencia sobre la importancia de la conservación del patrimonio es creciente en todo Montañas del Teleno. Cada comunidad está patrocinando y promoviendo un importante número de actuaciones en sus bienes muebles, entre las que destacan por su gran repercusión social las intervenciones en el patrimonio escultórico. Con los trabajos de restauración en obras de imaginería, no sólo se contribuye a la conservación y recuperación material de importantes piezas de escultura religiosa, sino que también redunda en la recuperación de su memoria histórica y la conservación del patrimonio inmaterial (creencias, devociones,…) que ha dejado su impronta en las imágenes religiosas.

Las restauraciones contribuyen decisivamente al conocimiento de evolución del arte popular en estas comarcas del suroeste leonés. Los procesos de recuperación son la ocasión propicia para la reconstrucción de la trayectoria histórica de cada obra de arte y para el conocimiento de las técnicas artísticas empleadas por los maestros locales del pasado.

Los trabajos documentales que se realizan de cada pieza escultórica se convierten, además, en parte fundamental del proceso de restauración puesto que se atiende no sólo a la recuperación iconográfica física sino también a la máxima recopilación de su legado histórico-artístico y socio-cultural; es decir, se convierten en actuaciones sostenibles en el más puro sentido del término.

[1] En las narraciones se partió de la idea, surgida en algunos textos de fines del siglo VI y principios del VII, de que cuando los apóstoles se dispersaron para predicar el Evangelio, Santiago estuvo en Hispania, donde creó un pequeño grupo de discípulos que le acompañaron en su vuelta a Jerusalén. Cuando el Apóstol fue decapitado por orden de Herodes Agripa, fueron sus discípulos hispanos los que robaron sus restos y los trasladaron hasta el cercano puerto de Jaffa, donde lo embarcaron en una nave sin tripulación que, dirigida por Dios o, según otras versiones, por un ángel, llegó a las costas gallegas en 7 días. Allí, sus discípulos buscaron un lugar digno para enterrar el cuerpo de Santiago. Pero, como en ese momento Galicia estaba inmersa en el paganismo, tropezaron con grandes dificultades. Cuando pidieron a Lupa, señora del lugar, un lugar digno donde enterrar al Apóstol, ésta les ofreció unos bueyes para hacer el traslado que resultaron ser toros bravos. Milagrosamente, los animales se apaciguaron ante la señal de la cruz realizada por los discípulos del Santo, llevando el cadáver de Santiago hasta el palacio de Lupa, sin que nadie les hubiera enseñado el camino. Ante tales prodigios, Lupa se convirtió al cristianismo y se hizo devota de Santiago, donando su palacio para enterrar en él el cuerpo sin vida del Apóstol. Después de que el Santo fuese sepultado, una parte de sus discípulos se marchó a otros lugares de la Hispania romana para predicar el evangelio y dos de ellos se quedaron cuidando el sepulcro, siendo enterrados a su muerte al lado de su maestro. Tras la muerte de estos discípulos, las gentes volvieron a abrazar el paganismo, lo cual dejó en el olvido al sepulcro durante siglos, hasta que en el año 813 el eremita Pelayo observó resplandores y cánticos en el lugar. Pelayo comunicó el hecho al obispo de Íria Flavia, Teodomiro, quien después de apartar la maleza descubrió los restos del apóstol identificados por una inscripción en la lápida. Informado el Rey Alfonso II del hallazgo, acudió al lugar y proclamó al apóstol Santiago patrono del reino, edificando allí un santuario que más tarde llegaría a ser la actual Catedral.

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Etnocultura, Sin categoría

LA HEXAPÉTALA, MÁS QUE UN SIMPLE MOTIVO ORNAMENTAL

La rosa hexapétala o rosa hexafolia es la tipología de adorno tanto de bienes muebles como inmuebles, más común en Montañas del Teleno y, sobre todo, en la comarca maragata. Su trazado se hace con fáciles pero prácticos giros de compás de tal manera que, a partir de una circunferencia central, se proyectan sobre su trazo otras seis circunferencias con el mismo radio, de cuyas intersecciones resulta una roseta o flor de seis pétalos elípticos. Existen ejemplos tanto de hexapétalas toscas cuyos pétalos se limitan a meras líneas rectas incisas a palo seco como otras finamente talladas o esculpidas.

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Aparecen tanto aisladas como unidas componiendo hileras o grupos de hileras, formando lo que llaman “rosa de la vida”.

El aspecto vegetal de este motivo es solo aparente ya que habría que interpretarlo como una alegoría de la luz de los astros, principalmente el sol. Esta roseta ya existía como símbolo en la Edad del Bronce, cuando en todo el continente europeo proliferaron los cultos solares. Se cree que, al igual que los trísqueles, tetrasqueles,… y esvásticas son símbolos utilizados como amuleto benefactor o protector. Así pues, este tipo de decoración maragata forma parte del legado de los pueblos de las culturas castreñas del Noroeste que habitaron estas tierras; pero también de los romanos que asimilaron esta clase de representaciones sincretizando en ellas a Júpiter con las divinidades indígenas y, posteriormente, del cristianismo donde viene a significar la luz eterna y, por tanto, la resurrección e inmortalidad del alma.

Según el historiador José María Blázquez Martínez, los pueblos prerromanos suponían que el cielo era la morada de los muertos y el dominio de la divinidad suprema -representada por el sol-, lo que indica una concepción astral de la otra vida. Blázquez mantiene que las esvásticas y las rosáceas que coronan las estelas hispano-romanas representaban al sol y al rayo, estando asociadas al culto a Júpiter, dios supremo de los cielos y de la tormenta que, por el fenómeno del sincretismo religioso, se asoció al dios al que los indígenas adoraban en las cumbres de las montañas, en este caso, Tilenus. En el territorio de los astures y de los cántabros se tiene constancia de la existencia de un Júpiter Cantábricus y del culto a Taranis; pero, concretamente, en este entorno de La Maragatería, más que el culto a Júpiter como divinidad de las tormentas, se considera que las hexafolias simbolizan a Marte y más concretamente a la divinidad sincrética de Marti Tileno.

El antropólogo José Manuel Gómez-Tabanera sostiene que en la Península Ibérica, la hexafolia, al igual que la esvástica, gozan de particular predicamento entre diversos pueblos indígenas del País Vasco, Cantabria, pero también en el ámbito astur-galaico y gran parte de Celtiberia, asumiendo casi siempre una significación celeste/astral que quizá expresa la esperanza en la inmortalidad y en la eternidad…

Es muy probable que, como legado indoeuropeo o celta, tras ser asimilada por los romanos, se incorporase al arte visigodo desde donde pasaría al pre-románico y al románico ya épocas subsiguientes, subyaciendo en el arte popular maragato en el que será usado en un sinfín de realizaciones y materiales (madera, piedra, cuero), desde decoración de viviendas (cargaderos de puertas y ventanas, solados de piedra,…) y cualquier tipo de edificación al mobiliario (arcas, espeteras, alacenas,…) y a objetos tan corrientes como las “madreñas”, los mangos de algunas herramientas, el ajuar de cocina de madera (cucharas, cucharones, tenedores,…) e incluso a instrumentos musicales como las castañuelas o los arreos de los animales de tiro y las caballerías, los carros y carretas,…

Así pues, cronológicamente, estamos ante un símbolo que ha perdurado a través del tiempo ya que los pobladores de la Maragatería fueron asimilando los símbolos paganos originarios a nuevos significados cristianos y como elementos protectores de sus casas, familia, ganado,…

Ana Fe Astorga. 2015

Bibliografía:

GÓMEZ-TABANERA, J. M. (1989). “Mito y simbolismo en las Estelas funerarias discoideas de la Península Ibérica”, en FRANKOWSKI, E. et alii. Estelas discoideas de la Península Ibérica, Madrid, Ediciones Istmo & José M. Gómez-Tabanera, Págs. 249-292.

HATT, J. J. (1989). Mythes et dieux de la Gaule. 1, Les Grandes divinités masculines, Paris, Ed. Picard.

LEFORT DES YLOUSES, R. (1955). La roue, le swastika et la spirale, symboles antiques du tonnerre et de la foudre, in Gazette des Beaux Arts, XLVI, Págs. 5-20

PERALTA LABRADOR, E. (1989). “Estelas discoideas de Cantabria y estelas arquetípicas de la Meseta”, en FRANKOWSKI, E. et alii. Estelas discoideas de la Península Ibérica, Madrid, Ediciones Istmo & José M. Gómez-Tabanera, Págs. 425-466.

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Gastronomía

CURIOSIDADES GASTRONÓMICAS TILENENSES: PULPO “A LA MARAGATA”.

Uno de los platos estrella de la gastronomía que más tradición y arraigo tienen en estas tierras tilenenses es el “pulpo”. Y si hablamos de pulpo, todo el mundo piensa en esos toscos platos cargados de rodajas humeantes y cachelos aderezados con pimentón, sal y un chorro de aceite… es decir, pensamos en lo que se ha popularizado como “pulpo a feira o a la gallega”.

Lejos de la verdad, este plato, en realidad y a pesar del nombre que se le ha dado, no es una invención culinaria de la vecina región gallega sino que, como ya han demostrado algunos gastrónomos, tiene un origen maragato y, más concretamente, arriero.

Como quiera que ninguna explicación es mejor que la que se encuentra en la “Enciclopedia de Gastronomía” escrita por el gran gastrónomo y periodista culinario Pepe Iglesias, vamos a reproducir un extracto de sus propias palabras publicadas en la Revista Viandar, en el año 2000.

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Antes de entrar en el farragoso origen de esta exquisita receta que toda España tiene por gallega, creo oportuno situarla históricamente en el plato, porque si bien hoy día todo el mundo ve al preciado cefalópodo sobre una tabla de madera en el escaparate del bar Rías Baixas de la esquina (en todos los pueblos hay un bar así llamado), hace cinco, diez, quince o veinte siglos, cuando los hosteleros gallegos aún no habían llegado a la luna ni colonizado el resto de la península, en la meseta ya se comía este molusco, quizás el único marisco susceptible de ser transportado hasta el interior.

Para quienes el recuerdo llega a aquella demostración de poderío y progreso franquista llamada Feria del Campo de Madrid, la imagen oficial era la del NO-DO mostrando una nueva cosechadora de trigo, pero la vivida en carne propia, era ponerse hasta orejas del pegajoso zumo que chupábamos de las cañas de azúcar en el pabellón de Canarias, mezclado con el olor de las sardinas que Currito asaba en el de Vizcaya, y de la imagen dantesca de los pulpos secos colgados de un bramante, esperando su turno para entrar en las gigantescas potas de cobre donde una pulpeira de Carballiño obraría el milagro de hacerlos tiernos y jugosos.

Y hete aquí el primer dato, porque si los vascos vendían sus bacalaos secos como pescado cecial, único capaz de soportar los calores castellanos sin corromperse, los gallegos hacían lo propio con los congrios, las lampreas, y sobre todo con el pulpo, que como ya comenté, es molusco, y por tanto marisco, un verdadero lujo en las mesas del interior.

Claro que no desde la óptica que hoy tenemos de este manjar, ya que según los escritos de cocina más antiguos que se pueden consultar, me refiero a la época precolombina, estos se cocían y servían con zumo de naranjas, jengibre rallado, cebolla frita, migajones de pan con almendra molida y salsas de perejil y agraz.

 A lo largo del siglo XVI el panorama gastronómico europeo cambió como de la noche al día al integrarse en nuestras mesas los productos que poco a poco iban llegando de las Indias, pero la mayor convulsión fue la provocada por una falsa especia obtenida a partir de algunas variedades de chiles molidos, allí conocida como ají, y que además de aderezar y dar picante a los platos, era capaz de conservar los embutidos mejor que la propia pimienta, tanto era así que en España se dio en llamar pimientón, o pimentón.

El gran conflicto de cómo mantener la matanza sin putrefacción, mohos, ni gusanos durante meses, se había superado y la noticia corrió como el fuego por un reguero de pólvora, hasta el punto de que en pocos años ya se habían establecido verdaderas factorías para producir el mágico polvo, que para mas milagro, encima teñía las carnes con un apetecible color rojo cobrizo.

Pero sucedía que, además de los compromisos monopolistas propios de las monarquías autárquicas al uso, esta fabricación quedaba restringida a lugares secos y muy cálidos, ya que el proceso pasaba por el secado de los frutos y así las regiones del norte dependían para sus matanzas de los arrieros que traían el colorado tesoro desde las lejanas tierras extremeñas o murcianas.

Pues resulta que, ese pueblo de misterioso origen, se convirtió en aquella nueva España cristiana en el amo del mundo de los transportes, sobre todo entre la costa gallega y la meseta castellana.

En los puertos cargaban pescado salado y seco, como ya apunté antes, principalmente lampreas, congrios y pulpo, que llevaban a los pueblos del interior, y de vuelta, para aprovechar el viaje, pues traían aceites de oliva y pimentones, ambos productos esenciales para conservar lomos y chorizos.

Evidentemente los fletes eran largos y complicados de establecer ya que los carros de bueyes tardaban varias semanas en recorrer el largo trayecto, y así ya procuraban las caravanas cruzarse en fechas señaladas y en determinados puntos, donde ya sabían de antemano que se celebraban ferias de ganado, con lo que de paso comerciaban con los parroquianos del lugar.

¿Qué comían los arrieros? 

Pues sencillamente, lo que tenían a mano, o sea, el pulpo seco que llevaban los carros procedentes de la costa, cocido y aliñado con el pimentón y el aceite que traían los de retorno del sur.

Nótese que en todas las recetas antiguas siempre se advierte que el agua de cocción no debe llevar nada de sal, de ahí la deformación actual de añadir sal gorda al momento de servir, algo innecesario si se tratase de pescado o marisco salado.

Otra curiosidad que suele pasar inadvertida es que las pulpeiras más famosas son precisamente las de los pueblos del interior, Sarria, Carballino, Monterroso, etcétera, porque en la costa, además de no dar demasiado aprecio al pulpo (habiendo rodaballos, langostas y centollos, es bastante comprensible), al consumirse este en fresco, se cocinaba estofado con verduras.

Como en aquellas ferias también solía haber algunas res lastimada o herida, o sea inservible para el viaje de retorno, pues esta se sacrificaba, descuartizaba, cocía y aliñaba con los mismos ingredientes, y así en las fiestas de los pueblos del interior de Lugo y Orense (las de San Foilán son notables), es menú habitual comer el Pulpo a feira y la Carne o caldeiro, que es el nombre que recibe este sencillo pero sabroso guiso y que en León se llama Carne a la maragata.

Con esto, creo que puedo dar por concluida la explicación, que aclara, entre otras, las preguntas que al respecto se hacía el maestro Cunqueiro hace ya treinta años: «Comíase polbo, pero ¿o aderezo de hoxe é o primitivo? Non sei a qué carta quedarme».

(…)

Reconociendo a cada autonomía la paternidad de sus recetas, yo reivindico el “Pulpo a feira” para la Cocina Maragata.”

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